Uno queda arrebatado por el vértigo hacia la incertidumbre al mirar el cuadro de Brueghel el Viejo La parábola de los ciegos, conservado en el Museo de Capodimonte de Nápoles. Ilustra esta obra maestra la parábola de Jesús, que gira en torno a una pregunta de los fariseos,


«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros antepasados y no se lavan las manos antes de comer?».


Jesús, por boca de Isaías, les reprocha a los fariseos su actitud ante la ley: “En vano me rinden culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos" que hacen que “su corazón esté lejos de mí”. Malos guías que no tienen el corazón en Quien tiene que estar. Por eso a sus discípulos les invita a que dejen a esta gente por su camino, y a modo de brevísima parábola, les dice: “Déjenlos: son ciegos que guían a otros ciegos. Pero si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo». Vamos a ver cómo la virtud de una parábola de Jesús estriba en la familiaridad y eficacia ilustrativa de la imagen, que aprovecha, también por su fuerte contenido de fe, Brueghel El Viejo (1525-1569), al pintarla un año antes de morir.

Observemos qué está ocurriendo en este cuadro. Desde el último ciego de la fila hasta el malogrado guía primero que cae en la fosa, van los seis invidentes defendiéndose en cadena ante la adversidad de su ceguera, o dicho de otro modo, van tocando, oliendo y palpando con los demás sentidos sanos los sucesos prósperos y adversos que les depara el camino, el vacío de su vista, la oscuridad de sus ojos, la vicisitud de la nada. O como dice Baudelaire poéticamente: “atraviesan la negrura infinita / hermana del silencio eterno” (“Ils traversent ainsi le noir illimité / Ce frère du silence éternel”).


La tensión de este vértigo se refleja además en las dimensiones y perspectivas de conjunto del cuadro: por un lado, está la dimensión horizontal del fondo, una dimensión donde se asienta con aplomo la llanura central que desemboca en el seguro y firme punto de fuga de la iglesia cuya torre despunta en toda su verticalidad hacia el cielo dirigiendo y sobrevolando desde allí, desde su vértice lejano del tejado, como si fuera una batuta, todas las líneas geométricas del cuadro: todo el paisaje converge en la iglesia. Por contra, tenemos asaltante a nuestros ojos de espectadores el primer plano que esta vez corre en diagonal y por el que en singular cadena de brazo y mano sobre el hombro contiguo desfilan los ciegos. Su presencia en procesión transversal se nos superimpone en todo su vértigo estrepitoso. Frente a la lejana horizontalidad segura, asentada e inmóvil del fondo con la iglesia, ahora prorrumpe lo transversal y lo diagonal, en ritmo danzante de sus ciegos peregrinos. Frente a la llanura del fondo, está lo curvo del pavimento por donde malamente se asientan los tambaleantes pies de los ciegos. Es curvo y es alzado por donde andan. Es más bien, y sobre todo para un ciego, toda una suspensión en el aire, pues si prestamos atención al ángulo inferior derecho del cuadro, descubrimos que los seis viandantes caminan en el curso inseguro de un puente, inseguro porque es fácil torcerse tanto cuando no se ve, como cuando se hace el esfuerzo ascendente sobre su curva, y como cuando tienes que frenar la gravedad en su curso descendente y vertiginoso. Todo es más difícil y sinuoso para un ciego: parar la gravedad, fácil torcerse, precipitarse, caer, sumirse en el desastre. Dos destalles: en dicho ángulo inferior izquierdo hay una rama seca y a su lado, lo más cerca que está a nuestro cuerpo de espectadores, se abre una especie de grieta o brecha en la clave central de este arco, de este puente. La rama seca se contrapone a los árboles verticales y centenarios del fondo llenos de vida y salud, y la grieta anuncia una construcción, la del puente, a punto de quebrar; no así la iglesia del fondo, firme y vertical edificio de fe que ha seguido hasta nuestros días (Iglesia de Santa Ana, en el pueblecito de Sint-Ana-Pede (Itterbeek, Bélgica).


Merece la pena observar más detalles según cada personaje responda ante la vicisitud de la negrura, del silencio, del paso ciego por un puente. El último de la fila camina plácido y seguro sin advertir ni sentir el peligro; cual si de un perro se tratara sus facciones van concentradas en la nariz que husmea y en los labios que van degustando el aire. Lo sostiene un bastón que denota que ascendió el puente sin dificultad. Su tracción derecha va también segura porque se agarra al bastón-relevo que le da el ciego que le precede. El pliegue rigurosamente vertical de su vestimenta denota que el cuerpo va vertical y seguro; tanto que la verticalidad de su bastón izquierdo nos recuerda la verticalidad de la torre de la iglesia.


Pero algo va mal en el penúltimo ciego pues, aunque el pliegue de su ropa cuelga vertical y vertical es su cuerpo, sin embargo, piernas y pies avisan del tacto de la capa volandera del ciego que le precede y que le avisan de que algo con fuerza mayor se precipita hacia adelante, y este peligro se nota en la gestualidad de la cara que, ante la inseguridad, se refugia en la cavidad segura del universo mundo de su gorro que lo tapa y protege; pero de ahí sale su prominente nariz que está oliendo peligro. La catástrofe inminente la perciben los dos ciegos siguientes ya en el culmen y ángulo descendente del arco del puente, justo por donde está la ahora famosa grieta. Pero diferente es la respuesta en los dos: uno, el tercero por detrás o antepenúltimo, refleja en su cara dolor y desesperación ante la incertidumbre –algo le está tirando y le desemboca a algo desconocido–, y por eso su boca, nariz y ojos imploran ciegos hacia arriba, buscan la seguridad hacia un punto que viene de lo alto; quizás intuye que lo alto está orquestado armoniosamente desde la torre de la iglesia, quizás se acuerda del Altísimo. Pero Baudelaire, en su pesimismo sin dios, nos dice de los ciegos “sus ojos que la chispa divina ha abandonado” (Leurs yeux, d'où la divine étincelle est partie). En cambio, el otro, el tercer ciego por delante se apercibe por su forma de mirar (?) que algo bueno viene del cielo, alguna chispa divina, porque mira sin ver, pero con gesto circunspecto, algo de lo alto; quizás percibe que es la santidad de la iglesia, y por eso su mano derecha sostiene el sombrero para dejar la cabeza descubierta ante algo sagrado; y por eso también lleva un plato colgado en la cintura porque tiene asegurado el pan… de Dios. Sin duda este ciego es la figura central, tanto que hay un buen trecho entre él y los dos siguientes que se han precipitado en el abismo. Y es porque este ciego figura central percibe que la aguja de la iglesia es el eje central que hace de balanza central de todos los ejes del cuadro. Todo esto dicho, ¿habremos respondido a la pregunta que se hace Baudelaire cuando usa “Cielo” con mayúscula?: “Yo digo: ¿Qué buscan los ciegos en el Cielo?” (Je dis: Que cherchent-ils au Ciel, tous ces aveugles? ). Pero es que Baudelaire se “compadece” de ellos: “yo me arrastro como ellos, pero más aturdido” (“je me traîne aussi! mais, plus qu'eux hébété”).


Grande es la catástrofe en los dos primeros ya en precipitación desencadenada, descendente, desenfrenada: el segundo sin equilibrio y sin ojos (!), desvalido, dolorido, y sin honra pues se le está cayendo el sombrero. Y el primero, lo que se dice , pues su mano izquierda no significa apuntar a Dios sino a la nada. Parece que como si Brueghel al distinguir muy bien entre los cuatro ciegos de atrás “bendecidos” por el eje central de la iglesia y los dos primeros, llevara muy adentro el principio de la parábola: “Déjenlos, son ciegos que guían a otros ciegos”. “Déjenlos”… pues les falta la chispa divina. Interesante comprobar que el guía primero no cae de bruces a la derecha, es decir, con la cara hacia el suelo, sino de espaldas hacia la izquierda asentado en lo inseguro y maloliente de la ciénaga, ahora con la mirada puesta en el cielo –sí– y la mano izquierda apuntando hacia el cielo –sí–, pero no dirigida al Cielo, a Dios sino a su propia desgracia, esto es, sin la gracia o la chispa divina. Uno se pregunta de qué le sirvió la música de su violín que también se ahoga en la ciénaga, quizás porque su música no fue de alabanza al que está en lo Alto. Por contra, la iglesia está asentada como él, mirando hacia arriba como él, pero en roca segura y mirando al Cielo y, toca como él, pero con sus campanas que llenan el cielo de gracia: no hay más que ver cómo vuelan alegres los pájaros.


Este cuadro de Brueghel el Viejo nos ilustra muy bien lo eficaz de una parábola: búsqueda de imágenes reales e impactantes, pero a su vez naturales como la vida misma; pero hemos de entender “naturales” en el sentido de que Dios con su gracia está presente, o “natural” en el sentido de que su Reino se palpa cotidianamente con la fe. Dios está presente en el cuadro de Brueghel en la santa naturalidad del paisaje donde hasta el ciego con fe adivina su presencia, su respirar palpitante lejano y cercano. Pero es que un mero paisaje campestre no tiene vida si en su centro no hay una iglesia, como ocurre en este cuadro. Y por eso los cuatro ciegos huelen su gracia, porque llevan la fe palpitando en el corazón (dos de ellos la practican en la oración diaria pues llevan un rosario). Estos cuatro últimos ciegos entendieron el meollo de la parábola. Dice el obispo Cromacio de Aquileya en el siglo IV:


Pues Dios no exige al hombre que cuando vaya a comer se lave las manos, sino que tenga un corazón limpio y una conciencia lavada de las suciedades de los pecados.

- obispo Cromacio de Aquileya


Y es que su corazón, el de los 4 ciegos, está cerca de él, porque ellos, contradiciendo al pesimista Baudelaire no están desprovistos de la chispa divina, sino que palpan a través del espacio –Dios– y desde su plena invidencia lo que su gracia les ha preparado; su guía, su brújula, su reloj, su ojo es su corazón a la luz de la fe. Ellos son, paradójicamente, los “bienaventurados los limpios de corazón porque verán a Dios”.


Y en cambio, los dos ciegos primeros, su principio y fin es la falta de fe, o como muy bien sentencia Cromacio “En esto, aunque se entiende que muestra a los mismos escribas y fariseos que, cegados con el error de su incredulidad, no sólo no pudieron ellos reconocer la luz de la verdad, no creyendo a Cristo, sino que arrastraron también consigo a otros al hoyo de la muerte”.


Si no tengo amor, soy como una campana que suena o un platillo que retiñe

- ( 1 Cor 13, 1)


En este sentido, para Cristo el amor es cumplir la voluntad de Dios.

Y entre tanto Anita sigue contándose a sí misma su historia, pero ahora de forma sencilla y “común”, y además disfruta contándosela a los más allegados, a Lorenzo al “contarle cosas”. Y en definitiva su historia no es más que una historia de amor verdadera y no mentira, que, al parecer, es la única condición que se pide para que esta historia sea una página más del libro de los libros.

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