Esta es la historia de Anita Martínez que se ha contado a sí misma y a los demás. Nosotros también tenemos nuestra propia historia, y hacemos lo mismo que ella: contarla a los demás. Sumando la historia de Anita y las nuestras, esto se convierte al final en un río de historias que van a para a la mar, es decir, a un mar de historias, al mar de la humanidad. Al final descubrimos que todo es un gran libro final de todos donde todo está escrito. Todos escribimos y leemos en él. ¿Habrá un Autor General de dicho libro? ¿Tendrá Éste la llave o el sentido final de todo? Pongamos que sea Dios el que cuenta todo lo que hay en ese libro y pongamos que la Biblia es el gran libro, el libro de los libros, el relato donde están todos nuestros relatos. Para los que practican la fe esto es así: no son solo los hechos los protagonistas de la Biblia sino sobre todo la fe, que es la que da veracidad y sentido a las historias. Para los que no practiquen la fe, la Biblia es un mar de ejemplos. Lo interesante es que cada momento clave de nuestra vida queda de alguna manera consignado en la Biblia; allí aparece todo. Y por lo tanto, ahí está Anita Martínez también, y allí estamos nosotros. Veamos cómo se consigna y aparece cada momento en el preciso caso de la “famosa” Anita Martínez.

En la vida nos amarramos a seguridades (el dinero, el sueldo, la fama, los sentimientos asfixiando a la pareja, etc.) , y puede que no vayamos a lo esencial. Preferimos vivir en esta superficie de seguridades, y damos prioridad a la vida que nosotros mismos nos inventamos. A Anita se le puso delante, como a Jesús, la tentación de la Gloria cuando el diablo le dice:

te daré el poder y la gloria de todo eso

- (Lucas 4, 6)

Se le presenta a Anita la seguridad de “un sueldo asegurado”, y ella responde que “no se puede vivir acumulando”, como si hubiera escuchado la frase:

o acumulen tesoros en la tierra

- (Mateo 6, 19)

Viene después, como le pasó a Cristo, la tentación de la fama, y Anita responde que “hay que saberse correr”, abandonar, escapar a tiempo. Pareciera que en este preciso instante Anita consultara el libro de los libros –la Biblia– y se viera allí por boca de Pablo de Tarso:

Cuando estén diciendo paz y seguridad, entonces, les sobrevendrá la ruina… y no podrán escapar

- (1 Tes 5, 3)

Y Anita escapa a tiempo. Da la sensación de que Anita se ve en el espejo de otra página bíblica:

el día del Señor llegará como un ladrón en plena noche

- (1 Tes 5, 2)

Y antes de que venga ese día, Anita lo tiene bien claro:

... cuando te morís, no te llevás nada. Te llevás solamente los momentos que vivís, los recuerdos, las sonrisas

- Anita Martínez

Ella, como de nuevo Jesús, tiene un bieldo o rastrillo en la mano, para distinguir la paja del trigo, lo que no vale de, como dice Anita, “las cosas que estén bien, cosas buenas”. Distingue la verdad –su “vida normal”– de lo que es mentira –su fama–, o su historia verdadera de una historia fingida que la tiene secuestrada. Y en eso parece que siguiera el consejo de Juan el Bautista cuando dice que Jesús tiene

... en su mano el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga

- (Lucas 3, 17)

Ver, en este sentido la ilustración que presentamos, perteneciente a Lucas II de la eBible.

A la hoguera de Anita van la “ambición de la fama” o “ser famoso”, “el éxito”, “el éxito económico”, el “vivir acumulando”; y al granero e historia final van “las cosas” que “estén bien”, “la simpleza de las cosas” como “planchar el guardapolvos de Lorenzo, ir a buscarlo al colegio, hacerle la leche, leerle un libro, contarle cosas”, finalmente, van “los momentos que vivís, los recuerdos, las sonrisas”. El texto evangélico dice que es una “hoguera que no se apaga”, no tanto porque nunca acaba esta dura tarea de quemar todo lo que no es esencial, cuanto porque ese fuego es el “Espíritu Santo” que nunca se extingue, y el bieldo es la misma Palabra de Cristo que te ayuda a distinguir lo esencial de lo superfluo. Y en cierto modo ese espíritu de fuego que nunca se extingue está en el corazón de Anita cuando decide vivir en la total sobriedad: “valoro cada vez más a las personas que se conforman con poco”. Y por eso declara: “Yo de hambre no me morí nunca” como si siguiera el consejo de Cristo:

No se inquieten por la vida, pensando qué van a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir. Porque la vida vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido

- (Lucas 12, 22-23)

El desiderátum sería sentir la total gratuidad como moneda de cambio a ese don de Dios porque ha tenido la gracia de darnos la vida. De ese modo construimos sobre roca segura (Mateo 7, 24-27) y no sobre la arena movediza de aparentes seguridades.

Todo esto nos indica que nuestra vida no es abnegación de lo propio; para Anita la fórmula consiste “siempre en seguir trabajando”, en “dar, recibir”, que en términos de Jesús sería el darse o el amor. Resulta que buscas tus propios bienes, pero en realidad te encierras en ti mismo, en tu egoísmo, en los límites de tu propia voluntad. Mientras que Anita lo que quiere simplemente es “planchar el guardapolvos de Lorenzo” y “contarle cosas”. Su vida, entonces, resuena y tiene sentido, como si en su mente se abriera otra página bíblica:

Si no tengo amor, soy como una campana que suena o un platillo que retiñe

- ( 1 Cor 13, 1)

En este sentido, para Cristo el amor es cumplir la voluntad de Dios.

Y entre tanto Anita sigue contándose a sí misma su historia, pero ahora de forma sencilla y “común”, y además disfruta contándosela a los más allegados, a Lorenzo al “contarle cosas”. Y en definitiva su historia no es más que una historia de amor verdadera y no mentira, que, al parecer, es la única condición que se pide para que esta historia sea una página más del libro de los libros.

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