¿Dónde está Dios?

¿Dónde está Dios? Nos hacemos esta pregunta en momentos difíciles sin darnos cuenta de que tal pregunta surge por la falta de fe, o por la falta de conciencia de que Dios siempre está ahí esperando a que nosotros mejoremos, subsanemos los errores, en definitiva, nos convirtamos. Siempre está ahí esperando, y no lo sabemos: “Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lucas, 15, 7). El final de esta parábola de la oveja perdida es conmovedor por la frase “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. Porque no somos conscientes que Quien está en el cielo padece con nosotros (nos “compadece”), pero también “se alegra” toda vez que algo conseguimos.

¿Dónde está Dios? Siempre me conmovió el relato autobiográfico del polaco Wladyslaw Szpilman (1911-2000) titulado El pianista donde cuenta cómo sobrevivió en las casas derruidas de Varsovia en la Segunda Guerra Mundial, escondido de los nazis en una buhardilla; relato que el director polaco Polanski lleva al cine en el El pianista, galardonada con tres Óscars. La escena que más me conmovió fue cuando un oficial nazi lo descubre en su escondite mientras está intentando abrir una lata de verduras, ya casi muerto de hambre. Relata Szpilman que el oficial nazi llamado Hosenfeld le ayudó a mejorar su escondite y le dio provisiones de comida durante un mes. También refiere en su novela autobiográfica que, dado que no entendía que un “alemán” le ofreciera esta ayuda, le preguntó al oficial: “¿Es un usted alemán?”; a lo que respondió Hosenfeld casi dando voces; “Sí, soy alemán […] Y después de todo lo que ha sucedido me avergüenzo de ello”. Pero además tenemos su diario donde amplía este sentimiento de arrepentimiento y vergüenza: “¿Será que el diablo ha tomado forma humana? No lo dudo. Nos hemos llenado de una vergüenza inexpugnable, de una maldición imborrable. No merecemos misericordia, todos somos culpables. Me avergüenzo de caminar por la ciudad, cualquier polaco tiene el derecho de escupirnos en la cara” (Diario, 13 de junio de 1943). Parece ser que ayudó también a otro judío llamado Leon Warm. Desgraciadamente Hosenfeld terminó en un campo de detención soviético, donde después de ser sentenciado a 25 años de prisión, murió en 1952 en el campo de prisioneros de Stalingrado, sufridos varios infartos, deterioro físico y tristeza.

¿Dónde está Dios?, para este alemán arrepentido, ¿Dónde su misericordia y clemencia?, si murió solo, abandonado, triste en un campo de prisioneros.

Repasemos la escena de la película de Polanski donde Hosenfeld le dice que toque el piano para comprobar que le está diciendo la verdad. Szpilman toca la Balada n.º 1 de Chopin, y los dos llevan una “procesión por dentro” mientras oyen la música; quedan conmocionados cómo tanta belleza puede tener lugar entre tanta barbarie. Hosenfeld era maestro, hijo de un maestro. Se casó con Annemarie Krummacher, tuvo cinco hijos en una casa donde se respiraba cuidado por la música, el arte y la literatura. Dios precisamente estaba ahí, en esa Balada de Chopin que juntos compartieron pianista y oficial, y que les permitió atisbar que allí no estaba el diablo, que algo (mucho!) había construido Europa a través del tiempo. En esa música precisamente, y a pesar de ser melancólica cual es la de Chopin, estaba la “alegría del cielo” por esa oveja perdida que vuelve a su redil. Dios le perdonó a Hosenfeld porque tenía tanta fe en él como para poder, por un lado, identificar que Europa en esa época estaba dominada por el mal y el diablo, y por otro, que esa cultura europea y esa música era la salvación, la fe, el arrepentimiento y el perdón.


Comentarios (1)
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Agosto 15, 2016, 1:48 am

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