Hay obras maestras de la historia de la pintura que, sobrecogidos por el impacto tan fuerte que nos produce a los ojos, no sabemos explicar su genialidad. Es el caso de la Vocación de San Mateo de Caravaggio. ¿Por qué nos sobrecoge? Si tuviera que usar una palabra para definir la clave de su genialidad, ésta sería GRAVITACIÓN. Hay en este cuadro una fuerza envolvente que depende de un centro de gravitación el cual, en principio, ignoramos. Nos llena una total ignorancia de saber qué nos atrapa y sobrecoge. Vayamos a la ciencia: en términos científicos de Isaac Newton definimos gravitación como “la fuerza de atracción que se da entre cuerpos que tienen masa”. La ley de Newton viene a decir que los cuerpos se atraerán con más fuerza cuanto más masa tengan y cuanto más cercanos estén uno de otros.

Y sin embargo, en este cuadro, vamos a observar que aquello que tiene menos masa, que en sí es muy poco visible, es el verdadero centro de gravitación. Pero vayamos al contenido de la escena: Jesús llama a Mateo, recaudador de impuestos, y simplemente le dice “Sígueme”. Los cuadros no hablan, pero esa mano de Jesús apuntando a Mateo, que está contando las monedas, lo dice todo, y en concreto dice contundentemente “sígueme”. Mano sin masa, sin palabra, que no habla, que además casi no existe pues lucha por definirse entre la oscuridad y la luz que viene de la ventana. Fijémonos de nuevo en la mano, pero traigámosla de cerca: apunta a Mateo; ahora bien, el dedo índice también se debate en querer existir, es casi inmaterial, pues lo traspasa la oscuridad, y además casi pasa desapercibido en su gesto, pues no está recto ni rígido en ademán de apuntar.

Vayamos, entonces, a lo que más se ve: es la muñeca de Jesús, llena de luz. Veamos por último toda la mano, y observamos que de la muñeca al dedo índice, en gradación, la mano va perdiendo masa y luz. Es una mano, además, quieta, sin fuerza, pero casi cadente, es decir, parece incluso como si la mano estuviera a punto de doblarse, de caerse, como si cayera por la fuerza misma de su gravitación. Es como si simplemente Caravaggio hubiera logrado captar genialmente la ley de la gravitación. Pero esto es arte, y la ley de Newton no funciona aquí, porque verdaderamente toda la fuerza y gravitación de este cuadro estriba en el potente y estructurado rayo de luz en forma de hipotenusa que articula toda la tensión y todas las imágenes del cuadro.

¿Qué es lo que quiere pintar Caravaggio aquí? ¿Cuál es su enigma? Vayamos ahora a otro contexto para poder responder esta pregunta. Nos resulta otro verdadero enigma, como el anterior de la gravitación del mencionado cuadro, la respuesta de Pedro a la invitación de Jesús a echar las redes:

Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero por tu palabra, echaré las redes.

- (Lc 5, 5)

Y en efecto, la redes quedan llenísimas de peces. Benedicto XVI analiza así esta respuesta de Pedro: “reconoce en lo ocurrido el poder de Dios, que actúa a través de la palabra de Jesús, y este encuentro directo con el Dios vivo en Jesús le impresiona profundamente”. Y sigue comentando el Papa: “no consigue soportar la tremenda potencia de Dios, es demasiado imponente para él”; es para Benedicto XVI “uno de los textos más impresionantes para explicar lo que ocurre cuando el hombre se siente repentinamente ante la presencia directa de Dios” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret). De hecho, acumulada tanta presencia de Dios en el seguimiento que Pedro hace de Jesús, es natural, que meses más tarde, ante las preguntas de Jesús “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”, Pedro responda con seguridad: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. “Vivo” también porque Pedro lo ha vivido muy dentro como un centro de gravitación.

Pues, bien, precisamente, lo que está pintando Caravaggio en el cuadro que estamos ahora mirando, es algo vivo, es la misma PRESENCIA DE DIOS, la presencia viva y directa de Dios cuyo centro de gravitación es una mano cadente. La genialidad de un artista, en efecto, recae en su técnica, en cómo va situando las masas y cómo éstas se constituyen en verdaderos centros erógenos de gravitación. Pero lo vivo y el alma de este cuadro recae, no en la presencia corpórea de las imágenes y de la luz, sino en la presencia incorpórea, transparente, etérea, pero omnipresente de Dios. Y no la percibimos, porque nos traspasa una total ignorancia difícil de explicar. Lo expresa muy bien Santa Teresa:

Al principio sólo tenía ignorancia, tanto que no sabía que Dios estaba en todas las cosas. Y como me parecía tenerle tan presente, me parecía imposible. No podía dejar de creer que estaba allí, por ver casi claro que estaba allí su misma presencia.

- Santa Teresa

Este es el cuadro de la “ignorancia” de no saber que Dios está ahí presente, pero de sentirlo envolvente en las formas, en la luz, en una mano inmaterial y cadente, en la pura gravitación de las masas.

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